Eso era suficiente.
A los ochenta y cuatro elegí cuidados paliativos por insuficiencia cardíaca.
No quise intervenciones grandes.
Los documentos estaban claros.
Maya preguntó:
—¿Tienes miedo?
—Sí.
—Bien.
Se sorprendió.
—¿Bien?
—Significa que todavía quiero estar.
Pero también sabía cuándo parar.
Una tarde pidió leerme algo de mis viejos cuadernos.
Encontró una página de terapia.
Decía:
“No quiero que mi vida sea la historia de dos bebés que perdí y un hombre que me hirió.”
Debajo, años después, había añadido:
“Ya no lo es.”
Sonreí.
—Eso me gusta.
Morí semanas