maletero lleno.
Nosotros llegamos a Disneyland con las manos libres y un futuro que, por primera vez en mucho tiempo, nos pertenecía.
Y, si hoy pudiera regresar a aquel aparcamiento y encontrarme con la mujer que fui, no le pediría que discutiera más fuerte ni que llorara menos.
Solo le diría:
«Coge la mano de tu hijo y sigue caminando. Todavía no lo sabes, pero tu vida no termina cuando alguien deja de hacerte un sitio. A veces, es precisamente ahí donde empieza».