Sonreí.
—Cosechar.
Aquella tarde recogimos las primeras manzanas juntos.
Una para mí.
Una para Ben.
Una para su hermana.
Y una la dejamos sobre la mesa.
La vieja gorra de Daniel estaba colocada junto a ella.
No porque siguiéramos esperando que regresara.
Sino porque queríamos recordar todo lo que había dejado atrás.
Su amor.
Su trabajo.
Su familia.
Y aquellos árboles que, contra todo pronóstico, habían sobrevivido.
Miré el huerto mientras el sol comenzaba a desaparecer.
Y por primera vez desde el funeral, no sentí únicamente tristeza.
Sentí paz.
Porque