un parque y ver uno de aquellos autobuses rojos de dos pisos de los que tanto había oído hablar.
También comenzó a hablar más.
Una tarde, mientras comíamos sentados cerca de un estanque, me hizo una pregunta inesperada.
—Papá, ¿por qué la abuela quiere más a Oliver?
Dejé el sándwich sobre el papel.
—¿Quién te dijo eso?
—Nadie.
Sophie arrancó un pedacito de pan.
—Pero cuando Oliver viene, la abuela siempre le compra regalos. Si él rompe algo mío, dice que no pasa nada. Si yo toco algo suyo, me