me dio un vuelco.
—¿Qué cosa?
—Hace seis años, después de mi accidente, recibí una carta de la fundación que pagó mi tratamiento. Me pidieron que no revelara el nombre del donante.
—¿Por qué?
—Porque él quería que tú pudieras elegir a quién amar sin sentirte obligada por una deuda.
Me agarré al borde de la mesa.
—¿Sabes quién era?
Mi padre suspiró.
—Lo descubrí hace unos meses. Era Alexander Hayes.
Durante unos segundos no pude decir nada.
—¿Y Daniel?
—Daniel nunca puso un centavo. Simplemente se presentó en el