ninguno de los dos haya olvidado que el amor no se demuestra con grandes promesas, sino con la manera en que nos tratamos cada día».
Guardamos la carta en un sobre.
Después apagamos las luces.
Por la ventana se veían las luces de la ciudad y, a lo lejos, el edificio del Registro Civil donde meses atrás había terminado mi antigua relación.
Alexander siguió mi mirada.
—¿En qué piensas?
Sonreí.
—En que aquella mañana creí que había perdido mi boda.
—¿Y ahora?
Me acerqué a él y entrelacé nuestros dedos.