—Ahora sé que aquel día no perdí a mi futuro marido.
Hice una pausa y lo besé suavemente.
—Perdí al hombre equivocado. Y, por primera vez en mucho tiempo, recuperé la libertad de elegir al correcto.
Alexander sonrió y me estrechó entre sus brazos.
Y allí, sin fotografías fingidas, sin promesas aplazadas y sin tener que pedir permiso para ser feliz, comenzó de verdad nuestro matrimonio.