en silencio.
—Dime que esto es una broma.
—No lo es.
—¡Me dijiste que era un regalo para después del nacimiento!
—Te dije que habías prometido concederme un deseo.
Adrian contempló la última página.
Su firma estaba allí.
Clara.
El accidente.
Su hijo.
Y ahora aquel documento.
Todo parecía llegar demasiado tarde.
—No puedes hacer esto —susurró.
Evelyn se acercó a la ventana.
—Ya lo hice.
—¡Pero yo no sabía lo que estaba firmando!
—Te pregunté si querías leerlo. Dijiste que confiabas en mí.
—¡Porque eres mi esposa!
Ella se