en las manos. Tenía los ojos rojos.
—Señora, esta es la verdadera razón por la que vinimos hoy —me dijo en voz baja, entregándomelo.
Lo abrí con las manos temblorosas. Adentro había un cheque con una cifra que jamás habría imaginado, junto a una carta firmada por casi todos los compañeros del salón. Explicaban que, durante meses, habían estado organizando ventas de pasteles, lavados de autos, rifas y colectas en línea. Habían renunciado a partes del presupuesto de su propia promoción, habían pedido donaciones a familiares y vecinos, todo con