acomodaba en esas sillas diminutas, hechas para niños, con las rodillas casi en el pecho, como si nada. Yo lo miraba desde el fondo del aula y sentía una mezcla rara de orgullo y vergüenza.
Nunca tuvimos mucho: nada de viajes, nada de comida a domicilio, nada de sorpresas. Cada vez que yo pedía algo extra, su respuesta era suave, pero firme:
—No tenemos dinero para eso, mi niña.
Odiaba esa frase.
La frase que más odiaba
Las chicas de mi edad estrenaban ropa de moda; yo usaba ropa heredada