me sirvió un vaso de agua y puso sobre el escritorio una carpeta gruesa y un sobre amarillento con mi nombre escrito a mano. Reconocí enseguida esa letra torcida, la misma de las notas que me dejaba en el refrigerador.
—Camila —dijo—, tu abuelo vino a verme hace once años. Y desde entonces vino cada mes, sin falta.