Dos semanas después, mi teléfono sonó. Era una mujer del banco. Me pidió, con mucha amabilidad, que fuera a la sucursal del centro para hablar sobre un trámite relacionado con mi abuelo.
Pensé que encontraría problemas: deudas, un préstamo, alguna multa. Fui con el estómago hecho un nudo y con los papeles del seguro de sepelio en una carpeta, convencida de que iba a pedirme dinero que yo no tenía.
No estaba preparada para conocer la verdad.
La gerente, la señora Beatriz Quiroga, me hizo pasar a una oficina pequeña,