Después de asustar a mi hija diciendo que iba a morir por mi culpa, mi suegra quiso instalarse en mi casa; esa tarde dejó de fingir para siempre

que habíamos tenido.
—Eso se terminó.
Tomé una hoja que mi abogada había preparado. No era una amenaza ni una renuncia de bienes. Era un acuerdo de límites familiares: nada de entrar a nuestra casa sin autorización, nada de llamadas de falsa emergencia, nada de involucrar a Sofi y toda emergencia médica real se atendería llamando primero a servicios médicos.
—No estamos firmando eso —dijo Ernesto.
—No tienen que hacerlo. Pero tampoco van a vivir aquí.
Ofelia miró a Julián esperando que me contradijera. Él tomó las maletas y las