Después de asustar a mi hija diciendo que iba a morir por mi culpa, mi suegra quiso instalarse en mi casa; esa tarde dejó de fingir para siempre

acercó a la puerta.
—Mamá, papá, se van hoy.
Ella comenzó a llorar.
—Después de todo lo que hicimos por ti.
—Precisamente por todo lo que hicieron —respondió él.
Aquello fue el primer giro que mis suegros no esperaban: el hijo al que siempre habían usado para justificar sus exigencias estaba de mi lado. Pero faltaba otro. Ofelia señaló al fotógrafo.
—¡Y tú borra esas fotos!
El hombre miró hacia mí.
—En realidad, señora, todavía no he tomado ninguna.
Me acerqué.
—No necesitaba humillarlos con fotografías. Necesitaba que sintieran durante