Después de asustar a mi hija diciendo que iba a morir por mi culpa, mi suegra quiso instalarse en mi casa; esa tarde dejó de fingir para siempre

30 minutos el miedo que ustedes hicieron sentir a mi hija durante semanas.
Mi suegra dejó de llorar.
—¿Entonces todo esto era teatro?
—La funeraria existe. La notaría también. Pero nadie iba a meterlos en un ataúd ni obligarlos a firmar una herencia. Solo quería escuchar de su propia boca la verdad.
Ernesto lanzó una risa amarga.
—Qué lista te crees.
—No. Me cansé.
Julián abrió la puerta. Mis suegros empezaron a recoger sus cosas. Ofelia aún murmuraba insultos cuando Sofi apareció al final del pasillo abrazando un muñeco. Al