Después de asustar a mi hija diciendo que iba a morir por mi culpa, mi suegra quiso instalarse en mi casa; esa tarde dejó de fingir para siempre

sombra.
—¿Y usted?
Ernesto suspiró.
—Si ella se va, yo me voy detrás.
Sonreí.
—Perfecto. Eso necesitaba confirmar.
Cerré las cortinas. Cuando volví a abrir la puerta, entraron 2 hombres vestidos de traje oscuro. Ofelia se incorporó de golpe.
—¿Quiénes son?
—Los señores Ramírez y Castañeda. Son asesores funerarios.
El silencio duró varios segundos.
—¿Funerarios? —balbuceó Ernesto.
—Ustedes llevan meses diciéndome que están a horas de morir. Quise ser responsable.
Uno de los hombres abrió su cinta métrica.
—Necesitamos altura y ancho de hombros para recomendar el modelo adecuado.
Ofelia