Después de asustar a mi hija diciendo que iba a morir por mi culpa, mi suegra quiso instalarse en mi casa; esa tarde dejó de fingir para siempre

saltó de la cama.
—¡A mí no me mide nadie!
La miré sorprendida.
—¿Puede saltar así? Esta mañana dijo que no podía caminar.
—¡Eso no tiene nada que ver!
El asesor abrió un catálogo.
—Tenemos opciones de pino, cedro y modelos más sencillos.
—El más económico —dije—. Mis suegros siempre dicen que ya no les queda tiempo para disfrutar nada.
Ernesto comenzó a sudar.
—Clara, termina esta estupidez.
—Todavía falta lo más importante.
Entró una mujer con una carpeta.
—Buenas tardes. Soy Teresa Villaseñor, auxiliar de una notaría.
Ofelia palideció.
—¿