—Estoy cansada.
—Escuché que estabas hablando con tu tío Julián.
Silencio.
—¿Qué te prometió?
No respondió.
—Camila, por favor, dime qué está pasando.
Entonces escuché un sollozo.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—¿Estás llorando?
—¡Déjame en paz!
Me quedé paralizada.
—Hija…
—¡No es asunto tuyo! ¡Ya no quiero hablar contigo!
Después escuché cómo cerraba el seguro de la puerta.
Permanecí allí varios minutos.
Sin saber qué hacer.
Aquella noche casi no dormí.
Mi mente comenzó a construir explicaciones cada vez más terribles.
Mi hija estaba cambiando.
Ya no