Le pregunté por la maestra de Camila.
Minutos después apareció una mujer de unos cincuenta años.
Se llamaba Elena Márquez.
Era la instructora principal del programa avanzado.
Siempre había sido amable con nosotros.
—Señora Verónica, qué sorpresa —dijo.
Intentó sonreír.
Yo no pude.
—Vine a ver a Camila.
La expresión de la maestra cambió.
—¿A Camila?
Asentí.
—Sí. Pensé que estaría practicando.
La mujer miró hacia el salón.
Después volvió a mirarme.
—¿Podemos hablar un momento?
Sentí que el corazón se me detenía.
Nos apartamos hacia una oficina pequeña.
La