EL MEJOR AMIGO DE MI ESPOSO LLEVABA A NUESTRA HIJA DE 16 AÑOS A SUS CLASES DE BALLET TRES VECES POR SEMANA. DE PRONTO, ELLA DEJÓ DE HABLARNOS, ESCONDIÓ SUS ZAPATILLAS Y COMENZÓ A LLORAR A PUERTA CERRADA. UN DÍA FUI A LA ACADEMIA SIN AVISAR Y DESCUBRÍ QUE MI HIJA NO ESTABA ALLÍ. CUANDO SU MAESTRA ME DIJO: «SEÑORA, ¿SU HIJA NO LE HA KARACONTADO LO QUE ESTÁ PASANDO?», SENTÍ QUE EL MUNDO SE ME VENÍA ENCIMA.

y nuestra hija de dieciséis años, Camila, en una colonia tranquila de Querétaro.

Camila siempre fue una niña alegre.

Desde pequeña tenía una energía que parecía no agotarse nunca.

Bailaba mientras se cepillaba los dientes.

Daba vueltas cuando esperaba el desayuno.

Y utilizaba cualquier superficie de la casa para practicar sus movimientos.

Nuestra cocina era pequeña.

Apenas había espacio para que dos personas caminaran sin estorbarse.

Pero Camila encontraba la manera de convertirla en un escenario.

Recuerdo que cuando tenía siete años se sujetaba del respaldo de una silla, levantaba