y nuestra hija de dieciséis años, Camila, en una colonia tranquila de Querétaro.
Camila siempre fue una niña alegre.
Desde pequeña tenía una energía que parecía no agotarse nunca.
Bailaba mientras se cepillaba los dientes.
Daba vueltas cuando esperaba el desayuno.
Y utilizaba cualquier superficie de la casa para practicar sus movimientos.
Nuestra cocina era pequeña.
Apenas había espacio para que dos personas caminaran sin estorbarse.
Pero Camila encontraba la manera de convertirla en un escenario.
Recuerdo que cuando tenía siete años se sujetaba del respaldo de una silla, levantaba