el dinero que recibía en sus cumpleaños para comprar zapatillas.
Veía grabaciones de bailarinas profesionales.
Y pasaba horas practicando frente al espejo de su habitación.
Cuando cumplió quince años nos dijo que quería dedicarse profesionalmente a la danza.
Mauricio y yo sabíamos que sería un camino difícil.
No teníamos una fortuna.
Yo trabajaba como administradora en una clínica.
Mi esposo era supervisor de obras.
Y entre la hipoteca, los gastos de la casa y la escuela de Camila, casi nunca nos sobraba demasiado dinero.
Pero verla bailar nos hacía comprender