cuánto significaba aquel sueño para ella.
Así que decidimos apoyarla.
El otoño pasado ocurrió algo maravilloso.
Camila presentó una audición para ingresar a un programa avanzado de ballet en una reconocida academia de San Miguel de Allende.
Había decenas de aspirantes.
Muchachas con años de preparación.
Algunas provenientes de escuelas especializadas.
Nosotros intentamos no ilusionarnos demasiado.
Pero una tarde llegó un correo electrónico.
Camila lo abrió mientras estábamos cenando.
Leyó las primeras líneas.
Se quedó inmóvil.
Después comenzó a gritar.
—¡Mamá! ¡Papá! ¡Me aceptaron!
Se levantó de la silla.
Corrió