Movía las manos.
Sonreía.
Y por un momento volvió a parecer la niña que llegaba de sus clases y no podía esperar para contarme todo.
Mauricio apareció detrás de mí.
La escuchó durante varios minutos.
Después dijo:
—Parece que tenemos una gran maestra en la familia.
Camila se sonrojó.
—Ay, papá.
Pero sonrió.
Y aquella sonrisa fue suficiente para alegrarnos toda la noche.
Julián también siguió acompañándonos.
Todavía viene a comer los domingos.
Todavía hace bromas con Mauricio.
Y Camila continúa llamándolo tío.
Pero ahora todos comprendemos que la confianza