Ella se detuvo.
Me miró.
Y comenzó a reír.
Una risa limpia.
Espontánea.
La misma que había llenado nuestra casa durante tantos años.
—Ay, mamá.
Sonrió.
—Ahora sí sé exactamente cómo controlar mis movimientos.
Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.
Camila se acercó.
Me abrazó.
Y durante unos segundos permanecimos juntas en aquella cocina demasiado pequeña.
La misma donde había practicado sus primeras vueltas.
La misma donde había llorado al contarnos su diagnóstico.
La misma donde finalmente comprendió que no tenía que ganarse nuestro amor.
Le acaricié