el cabello.
—Te quiero muchísimo, hija.
Ella sonrió.
—Yo también, mamá.
Después se apartó.
Miró la sartén.
Y preguntó:
—¿Ya está el desayuno?
Solté una carcajada.
—Casi.
Camila se sentó a la mesa.
Mauricio apareció con las tazas de café.
Y nuestra mañana continuó como cualquier otra.
Sin grandes discursos.
Sin lágrimas interminables.
Sin promesas imposibles.
Sólo una familia desayunando junta.
Pero para mí aquel momento significó más que cualquier presentación de ballet.
Porque mi hija había regresado a nosotros.
No como la bailarina que habíamos imaginado.
No como una