alrededor de la mesa.
Y terminó abrazándonos a los dos.
Además, había obtenido una beca que cubría gran parte de la colegiatura.
Aquella noche lloramos de felicidad.
Mauricio la levantó del suelo como cuando era pequeña.
—¡Mi bailarina!
Camila se reía y lloraba al mismo tiempo.
Nunca la había visto tan feliz.
Sólo había un problema.
La academia quedaba a casi una hora de nuestra casa.
Las clases terminaban después de las ocho de la noche.
Y Camila debía asistir tres veces por semana.
Mauricio y yo trabajábamos hasta tarde.