de ruedas para recoger a la mujer que había intentado destruir su reputación.
Una vez le pregunté si se arrepentía de haber ido.
—Pudiste haber evitado tantos problemas, mamá.
Ella me respondió:
—Claro que pude. Pero entonces habría pasado el resto de mi vida preguntándome por qué permití que una persona indefensa sufriera solo porque tenía motivos para odiarla.
—¿Y si ella nunca hubiera reconocido su mentira?
—Habría sido doloroso, hija. Pero ayudarla fue mi decisión. Pedir perdón fue la suya.
Aquella respuesta me enseñó algo que ninguna discusión familiar