milagrosamente. No se habían convertido en una piel perfecta por arte de magia.
Eran parte de mi historia.
Y aquella noche ya no me avergonzaban.
El murmullo inicial se convirtió en un silencio casi sepulcral.
El vestido negro, confeccionado con seda pesada y un corte asimétrico de una elegancia sobrecogedora, no escondía las marcas del fuego. Al contrario: el escote dejaba al descubierto parte de mi hombro izquierdo y la línea irregular que subía por un costado de mi cuello, plateada y tersa bajo la luz incandescente de las lámparas