Esta batalla no era de mi socio; era enteramente mía.
—Buenas noches, Preston —respondí. Mi voz sonó tan clara, tan firme, que pareció rebotar en las paredes cubiertas de espejos—. Me alegra ver que te recuperaste tan rápido del estrés de mis cirugías.
La mandíbula de Preston se tensó. El rubor le subió por las mejillas ante la mirada atenta de senadores, accionistas y viejos amigos que ahora contenían la respiración.
Cassidy llegó casi corriendo, con los tacones resonando contra el suelo de madera noble. Su mano se posó de