que me preguntaras por qué había esperado tantos años. Y no tenía una respuesta que pudiera justificarlo.»
Bajé la carta.
—Cobarde —susurré.
Thomas escuchó la palabra.
No intentó defenderlo.
—Él mismo decía eso.
Lo miré.
—¿Nunca le dijiste que debía contármelo?
Thomas soltó una pequeña sonrisa triste.
—Cientos de veces.
Aquello me sorprendió.
—¿Y entonces?
—Siempre respondía: “Mañana”.
Mañana.
La palabra que tantas veces utilizamos cuando creemos que todavía nos queda tiempo.
Harold había tenido miles de mañanas.
Hasta que dejó de tenerlas.
Continué leyendo.
«Cuando el médico me dijo