dejó las llaves de la camioneta sobre la mesa y dijo con voz firme: —Diego, Sofía… suban al auto. Los llevaré a un lugar.
Sofía lo miró con desprecio, a punto de negarse, pero la mirada de Esteban era tan serena y autoritaria que no pudo oponerse. Subimos en silencio. Mis hijos se habían quedado con lamadre de Sofía por el fin de semana, así que estábamos solos.
Esteban condujo durante casi una hora, saliendo de la ciudad, hacia un pueblo tranquilo en las afueras de Guadalajara. Yo estaba confundida.