Sofía miraba por la ventana con los brazos cruzados, murmurando que estábamos perdiendo el tiempo.
Finalmente, Esteban se detuvo frente a una casa modesta, pero hermosa. Tenía un pequeño jardín, un portón de madera bien cuidado y un patio trasero donde se veía un huerto con tomates y cilantro.
— ¿Qué hacemos aquí? —preguntó Sofía, molesta—. ¿Viniste a burlarte de nosotros?
Esteban apagó el motor, se giró hacia nosotros y sacó una carpeta desgastada de su mochila. Me la entrego. —Ábrela, hermano.
Con manos temblorosas, abre la carpeta. Adentro había escrituras,