había mirado con asco.
En ese mismo instante, Sofía sintió una profunda vergüenza de su propia conciencia. Se llevó las manos a la boca, se inclinó hacia el asiento trasero, abrazó a Esteban por el cuello y se rompió en un llanto desgarrador. —Perdóname… perdóname, Esteban. Te juzgué por tu pasado, pero tú eresel único que nos ha salvado el futuro. Eres un santo… eres mi hermano.
Esteban, con los ojos llenos de lágrimas, le acarició el cabello y le dijo: —No llores, cuñada. Los Ramírez somos duros, pero también