sabemos perdonar.
Ese día entendí que la verdadera riqueza no está en las cuentas bancarias, sino en la lealtad.
Meses después, la noticia de lo que Esteban había hecho corrió por toda la familia. Mi hermano Tomás, quien había perdido su dinero en la estafa pero conservaba su “honor” vacío, no pudo mirar a Esteban a los ojos en el funeral de nuestra madre. Mis hermanas Lucía y Mariela, que habían rechazado a Esteban por miedo a la “desgracia”, terminaron pidiéndole perdón de rodillas, al ver que él, el “presidiario”,