del exterior.
No era solo miedo.
Era reconocimiento.
Sus labios temblaron.
—Vi lo suficiente —susurró.
La mano del policía se cerró con fuerza alrededor del bolígrafo.
—¿Puede decirnos quién fue?
Elena miró a la enfermera.
Después al médico.
Luego a mí.
Sus ojos estaban llenos de un dolor tan profundo que me costaba respirar.
—Los escuché hablar —dijo—. Creían que estaba dormida. Pensaban que ya no entendía nada. Pero lo escuché todo.
Nadie dijo una palabra.
—No tenían miedo de que muriera —susurró—. Tenían miedo de que empezara a hablar.