La habían dejado allí porque sabía algo.
Algo que alguien intentaba desesperadamente enterrar.
Unos minutos después, Elena giró la cabeza hacia mí.
—Usted me encontró —susurró.
—Rezaba para que alguien me encontrara.
Me acerqué a su cama y tomé su mano.
Todavía estaba fría.
Pero esta vez ella apretó la mía.
—Ahora está a salvo —le dije.
Pero no estaba segura de que fuera verdad.
Porque el miedo en sus ojos me decía que el peligro no había terminado en aquella carretera.
La había seguido hasta aquella habitación del hospital.