sesenta años, Rebeca era una mujer acostumbrada a dar órdenes. Vestía ropa de diseñador, llevaba un collar de perlas y administraba la residencia desde que su hija Sofía, madre de Lucía, había fallecido dos años atrás.
—Abuelita, ¡tenemos el mismo corazón!
—Son simples manchas, mi amor. Ahora deja que la señora trabaje. No queremos que ensucie tu vestido.
Mariana bajó lentamente la mirada.
Llevaba tres meses trabajando en aquella casa, y Rebeca jamás había permitido que se acercara demasiado a la pequeña.
Hasta ese momento había pensado que se trataba