una pequeña risa.
Hacía días que no se escuchaba reír.
—Tengo familia. Pero esta noche no estoy con ellos.
Lucía aceptó la respuesta, aunque claramente no la entendía.
—En Navidad nadie debería estar solo.
La frase golpeó a Arturo con una fuerza absurda.
Elena tomó la mano de su hija.
—Tenemos que irnos.
Arturo miró la pequeña mochila.
Luego el abrigo gastado.
Después recordó las monedas.
—Elena.
Ella se detuvo.
—¿Sí?
—Perdone la pregunta… ¿tienen dónde pasar la noche?
Elena tardó demasiado en contestar.
—Sí.
Arturo conocía aquella pausa.
Había