su padre apareció una sonrisa diminuta.
—Has venido.
Alejandro se acercó lentamente.
La seguridad del empresario desapareció.
Allí solo quedaba un padre.
Tomó la mano de Inés.
—He tardado demasiado.
Ella lo observó.
—Sí.
La sinceridad de la respuesta lo sorprendió.
—Lo sé.
—No quiero que me prometas cosas porque hoy tienes miedo.
Alejandro bajó la cabeza.
—No voy a prometerte que voy a cambiar.
Inés frunció ligeramente el ceño.
—¿Entonces?
—Voy a demostrarlo.
Durante unos segundos ninguno habló.
Después Inés movió la mano y entrelazó sus dedos con los