hangar.
Lo que nadie allí sabía era que había cursado parte de un ciclo superior de mantenimiento aeromecánico antes de abandonarlo por problemas económicos. Su padre, Julián, había sido mecánico durante casi 30 años en un pequeño aeroclub de Granada.
Marta había crecido rodeada de motores.
Y durante toda la mañana había escuchado aquel jet.
No miraba las pantallas.
Escuchaba.
Cada vez que intentaban arrancarlo aparecía la misma pequeña alteración justo antes del fallo.
Su padre le había enseñado algo que nunca había olvidado:
«Cuando una máquina te da información