era que durante años había hecho exactamente lo contrario.
Había financiado colegios, médicos, apartamentos y viajes, pero casi nunca había estado presente. Cuando Inés le pidió que la acompañara a Suiza, él respondió que tenía una negociación importante en Barcelona.
Aquella conversación había terminado con una frase que llevaba meses persiguiéndolo:
—Papá, algún día vas a descubrir que estar presente no se puede delegar.
Junto a una caja de herramientas, una joven de 20 años escuchaba en silencio.
Se llamaba Marta Ríos y oficialmente trabajaba limpiando la zona técnica del