atención que no mostraba desde hacía años.
Poco a poco, la presencia de Isabel comenzó a transformar Los Álamos.
Las cortinas fueron lavadas.
Las ventanas volvieron a abrirse por las mañanas.
La cocina empezó a llenarse del aroma de pan recién horneado.
Y cada domingo, cuando los hombres regresaban de sus labores, encontraban algún pequeño postre preparado con los ingredientes que hubiera disponibles.
Pero lo que más sorprendía a Diego era la manera en que Isabel escuchaba.
Escuchaba las historias interminables de Julián.
Las quejas de Basilio sobre sus rodillas.