EL AMOR QUE NO NECESITABA SACRIFICIOS

EL AMOR QUE NO NECESITABA SACRIFICIOS
A la mañana siguiente encontré a Valeria en la cocina.

Estaba sentada junto a la ventana, sosteniendo una taza de café con ambas manos.

Por primera vez desde que había llegado, no parecía estar haciendo nada.

No había reorganizado los medicamentos.

No había preparado el desayuno.

No estaba revisando mi agenda ni intentando resolver anticipadamente algún problema que yo todavía no había descubierto.

Simplemente miraba hacia la calle.

Cuando escuchó mis pasos, levantó la cabeza.

—Buenos días.

—Buenos días.

Se produjo un silencio incómodo.