armario del despacho».
Isabel tomó la llave.
«Gracias por confiar en mí».
Eusebio negó con la cabeza.
«No, hija».
Era la primera vez que la llamaba así.
«Gracias a usted por no rendirse cuando nosotros ya estamos empezando a hacerlo».
Isabel cerró los dedos alrededor de la llave.
Aquella noche, mientras todos dormían, encendió una lámpara en el despacho y abrió los viejos libros de cuentas.
No sabía todavía cómo salvar Los Álamos.
Pero había aprendido algo durante los meses más difíciles de su vida.
Que perderlo todo no significaba