murmuró.
—Mucho.
—Pero es pequeña.
—Para alguien que viaja con una maleta del tamaño de un refrigerador, definitivamente.
Me golpeó suavemente el hombro sano.
—Idiota.
Después regresó a mirar la pantalla.
—Creo que me gustaría vivir allí.
Sonreí.
—Entonces deberías solicitarla.
Valeria colocó el cursor sobre el botón para enviar la solicitud.
Lo mantuvo inmóvil durante varios segundos.
Finalmente hizo clic.
Cuando apareció el mensaje de confirmación, se quedó mirando la pantalla.
Después empezó a llorar.
Me alarmé.
—¿Qué pasa? ¿Te arrepentiste?
Negó rápidamente.
—No.
Se rio entre lágrimas.
—Es