Me fui un mes y, cuando regresé, mi marido y mi hija descubrieron que ya no pensaba seguir rogando por un lugar en mi propia familia

otra oportunidad.

Ni porque Mia me necesitara.

Quería regresar porque la casa a la que volvía ya no exigía que yo desapareciera.

Eso era distinto.

Cuando llegué, Mia corrió hacia mí.

Se detuvo a medio camino.

—¿Puedo abrazarte?

La pregunta me hizo sonreír.

—Sí.

Se lanzó sobre mí.

—¿Me trajiste algo?

—Sí.

—¿Es comida?

—No.

—¿Tiene mariscos?

—No.

Saqué una pequeña brújula.

—Para ti.

La miró.

—¿Qué hace?

—Te ayuda a saber dónde estás.

Mia frunció el ceño.

—El teléfono también.

—La mía es más bonita.

Se rio.

Daniel apareció