irnos?
Miré una última vez la sala.
El lugar donde durante años fui la hija olvidada.
La hermana comparada.
La mujer invisible.
Luego sonreí.
—Sí.
Tomé su mano.
Y caminé hacia la salida.
Pero antes de cruzar la puerta, escuché la voz de mi padre.
—Clara.
Me detuve.
—Lo siento.
Por un segundo pensé en todas las veces que había esperado escuchar esas palabras.
Pero ya no las necesitaba.
Me giré.
—Papá…
Hice una pausa.
—No me perdiste esta noche.
Él me miró confundido.
—Me perdiste hace muchos años.
Y