con el aire salado y las gaviotas sobrevolando. Era casi exactamente igual que la postal que Martin me había enviado cuando salíamos juntos.
Eso sí que lo podía hacer.
Me detuve y me llevé la mano a la boca.
La foto del mapa la llevaba en el bolso. La saqué y la comparé con el lugar de verdad.
Ahí estaba Martin, años más joven, sonriendo en una mesita redonda. La silla a su lado estaba vacía.
Le di la vuelta.
En el reverso había escrito: “Te he guardado un sitio”.