comida cuando apenas alcanza para una persona, cosiendo ropa ajena hasta el amanecer o renunciando a sus propios sueños para que otro pueda construir los suyos.
Me llamo Clara Mendoza.
Tengo sesenta y ocho años y jamás tuve hijos biológicos.
Pero hace más de treinta años apareció un niño frente a la parroquia del barrio cargando una mochila rota y una chamarra demasiado grande para su cuerpo.
Se llamaba Iván.
Nunca pregunté de quién era.
Solo le pregunté si tenía hambre.
Desde aquella noche compartimos el mismo techo.
Mientras otras
EL HOMBRE AL QUE CRIÉ COMO A MI PROPIO HIJO