fuera, papá me acompañó hasta mi automóvil.
“¿Y bien?”.
“Ella y yo no éramos amigas”, admití.
Frunció el ceño.
“Vale”.
“Me hizo pasar un mal trago en el instituto”.
“Ella y yo no éramos amigas”.
Papá se apoyó en el automóvil.
“¿Qué pasó?”.
Había demasiadas respuestas.
Rumores.
Invitaciones que al final resultaron ser bromas.
Amigos que de repente dejaron de sentarse conmigo porque Chloe había decidido que era divertido odiarme.
“¿Qué pasó?”
Tres años sin saber nunca qué versión de mí misma había llegado al instituto antes que yo.
Chloe